Cartas desde el infierno
Las familias han guardado como un tesoro, durante más de 80 años, las cartas enviadas desde el exilio y los campos de concentración por sus personas queridas. En muchos casos es el último y único recuerdo de los que no volvieron y el patente testimonio de que todo fue real.
Cartas que esconden la angustia y expresan esperanza por un próximo -e improbable- retorno. La mayoría de ellas, escritas en una precaria ortografía pero con sentimientos a flor de piel, intentan minimizar el dolor, dan noticia de amigos y paisanos también en el destierro, piden fotos de la familia y expresan los deseos de un futuro e idílico reencuentro familiar. También dejan entrever las dificultades de las familias, estigmatizadas por tener un familiar exiliado. Todas llevan los sellos de la censura nazi y franquista.
Se conservan cartas desde el mismo comienzo del exilio, remitidas desde los campos de internamiento del sur de Francia. También, una vez estallada la Guerra Mundial, se enviaron misivas y postales desde las Compañías de Trabajadores Extranjeros, donde se enrolaron muchos republicanos españoles para fortificar y defender la frontera francesa contra la inminente invasión alemana.
Tras la caída de Francia, las cartas cambian de formato. Después de la captura, traslado a Alemania e internamiento de los españoles en los stalags (campamentos de prisioneros de guerra), las familias reciben escuetas postales impresas que apenas indican –en francés- “Soy prisionero de guerra. Estoy bien de salud”. Al poco, de nuevo cartas manuscritas en formularios impresos del ejército alemán, que incluían la dirección y un apartado para que las familias contestaran. Los temas, sin embargo, continúan siendo los mismos: “estoy bien, no os preocupéis por mí”, “pronto nos reencontraremos”…
Y, tras la fatídica deportación a los campos de concentración, en la mayoría de los casos el silencio. Sin embargo, unos pocos consiguieron escribir a sus familias desde el epicentro del horror que era Mauthausen.





