Fotomontajes en los que aparece Desiderio Aragoneses, María Martínez Casado y la hija de ambos, María
Fotomontaje en el que aparece Desiderio Aragoneses,
María Martínez Casado y la hija de ambos, María. 
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Los deportados españoles, sobre todo los de Mauthausen, tomaron pronto conciencia de la necesidad preservar las pruebas de los crímenes nazis cometidos en los campos de concentración y de conservar la memoria y la identidad de las víctimas. Mucho antes de la liberación los prisioneros que trabajaban en las oficinas y en el gabinete fotográfico realizaron listados y robaron negativos que serían pruebas incriminatorias en los procesos contra los nazis al final de la Guerra Mundial.

Cuando se produjo la liberación, las propias organizaciones políticas clandestinas expidieron certificados de deportación y algunos medios de comunicación del exilio español publicaron las primeras listas de fallecidos. Los supervivientes se organizaron en “Amicales”, fundamentalmente en Francia, para recordar al mundo la barbarie nazi y prevenir que algo tan monstruoso volviera a ocurrir. También para ayudar a tramitar las ayudas e indemnizaciones de los gobiernos francés y alemán. En los años posteriores numerosos libros y publicaciones periódicas se editaron, que no llegaron a España hasta décadas después. Algunos exdeportados redactaron sus propias memorias en los campos.

Por su parte, las familias –a pesar del miedo y el oscurantismo oficial– no dejaron de indagar el paradero de sus seres queridos, desde los primero tiempos del exilio, durante la deportación y en las décadas posteriores, recurriendo a todas las instancias: Cruz Roja española e internacional, embajadas y consulados españoles –que a veces se mostraron abiertamente insensibles–, el propio dictador Franco, el Vaticano, organizaciones de exdeportados o los gobiernos francés y alemán. Incluso a programas como “¿Quién sabe dónde?”, emitido por TVE en la década de 1990.

En casos contados, algunas familias recibieron una escueta comunicación oficial del fallecimiento de la persona querida. Pero, en la mayoría de los casos, esta notificación nunca se produjo y muchas familias quedaron para siempre con la incertidumbre sobre el destino de su padre, hijo o hermano, aferrándose a la esperanza de que siguieran con vida en Francia o en América o –incluso- imaginando que habían rehecho su vida olvidando a su familia de origen. El régimen franquista no ayudó a desvelar ese enigma, a pesar de que desde 1950 contaba con los certificados de fallecimiento de una buena parte de los españoles en los campos nazis, con lo que las familias tampoco pudieron reclamar una compensación económica a Alemania. Y una espesa capa de silencio y olvido oficial recayó sobre el tema.