Supervivientes sin patria
Tras la liberación de los campos, los españoles fueron los únicos que no pudieron regresar de forma segura a su país de origen. Los supervivientes serían evacuados mayoritariamente a Francia, donde las autoridades velaron por su recuperación en casas de reposo y reconocieron su condición de deportados-internados, brindándoles –ahora sí– su protección. La mayor parte acabó integrándose en la sociedad francesa y manteniendo viva la memoria de los compañeros fallecidos a través de las distintas Amicales. Apenas catorce de los supervivientes murcianos de los campos, menos del diez por ciento, se atrevieron a volver a España, un país totalmente distinto al que dejaron en 1939, y algunos de estos acabarían por marcharse de nuevo. Para ellos, como para tantos otros, comienza su particular “exilio interior”, mientras que otros decidieron empezar de nuevo en Sudamérica. En los años sesenta, Alemania comenzó a indemnizar a los exdeportados españoles y a las familias de los fallecidos en los campos de concentración. La muerte de Franco y la recuperación de la democracia en España no estimuló los retornos definitivos de los que aún sobrevivían, pues con una vida rehecha en Francia, la mayoría ya estaban jubilados y contaban con hijos y nietos franceses.




